Grietas psíquicas

19 de septiembre, ¿sería posible que los habitantes de este país hubiésemos invocado inconscientemente este desastre? Sé que suena estúpido, pero la idea me sigue persiguiendo como un mal sueño. Una grieta psíquica.

 

A los que ayudaron, a los que no estorbaron.

¡Y por grave que sea el daño que causan los malos, el de los buenos es el daño más grave!
Nietzsche

El terremoto del pasado 19 de septiembre derribó mis libros de filosofía, cosa que me hizo gracia en su momento pero que a medida que pasaban las horas y la información fluía empecé a tomarlo como una señal.

Después del estruendo vino el silencio y esa larguísima pausa en la que parecía que todo se había detenido, como si nuestro corazón se hubiese saltado un latido dejando un hueco en el pecho. 19 de septiembre, imposible que un evento así se repitiese después de 32 años el mismo día, 19 de septiembre, y lo primero que hice después de revisar mi casa en busca de grietas fue salir a comprar cigarros.

Descubrí la vinatería cerrada, y en la esquina que une Bolívar con Eugenia miré al hombre que siempre está en la calle, ese misterioso habitante de la ciudad de México del que no sabemos su nombre ni a qué se dedica, pero que está en los barrios, sentado casi siempre afuera de una tienda haciendo nada. El personaje que observa el movimiento de la ciudad sin participar en él, pero que este día se convirtió en un improvisado agente de tránsito ante la falta se semáforos.

Ese hombre moreno de soledad (diría Efraín Huerta), el personaje anónimo de la ciudad, podría ser una metáfora de los mexicanos: desencantado, hosco, ajeno pero observador, resentido. Hombres y mujeres que ante la tragedia se descubrieron frágiles y de esa fragilidad nació su fortaleza y espíritu. Contradijeron entonces a Sartre y demostraron con acciones que el infierno no son los otros:

Hombres y mujeres se apresuran a rescatar a sus semejantes.
Transmiten información vital en redes sociales.
Donan herramienta, dinero, materiales.
Improvisan centros de acopio.
Preparan comida para los brigadistas.
Se ayudan unos a otros.

Las imágenes nos conmueven, tocan nuestros corazones y los llenan de esperanza. Algo nuevo está naciendo, ya no somos ajenos al dolor de los otros porque la tragedia nos tocó a todos, ahora somos hermanos. Y una vez más:

El estado demuestra ser ineficaz.
Nuestros gobernantes estorban.
Los políticos lucran con la tragedia.
Las televisoras hacen un espectáculo.
El presidente es un payaso.

Al regresar a casa encendí un cigarro y contemplé el desastre de libros en el piso, la caída de la filosofía. Me dejé caer también en el sillón sin ganas de empezar nada. 19 de septiembre, ¿sería posible que los habitantes de este país hubiésemos invocado inconscientemente este desastre? Sé que suena estúpido, seguramente lo es, pero la idea me sigue persiguiendo como un mal sueño. Una grieta psíquica.

Por un día se dejaron de lado nuestras diferencias, no hubo chistes estúpidos, y si los hubo fueron ignorados olímpicamente. No hubo saqueos, sí algunos robos, pero estos no impidieron que la gente dejara de salir a las calles a apoyar a sus semejantes. Estábamos unidos entre el miedo y el coraje. Solos, una comunidad sin ideologías, haciendo lo que podíamos para ayudar. Pero…

En 1985 compré un libro en una librería de viejo, Temor y temblor de Kierkegaard. Ingenuamente creí que sería una novela sobre el terremoto y en vez de eso leí mi primer libro de filosofía del que naturalmente no entendí casi nada. ¿Era Abraham un hombre devoto o un asesino? Pienso nuevamente en Kierkegaard y el personaje bíblico. También pienso que sin el sismo de 1985 quizá nunca habría leído filosofía, una pasión que sigo sin entender.

¿Por qué si los mexicanos somos tan buenos nos va tan mal? ¿Qué es lo que nos impide salir adelante? Debe ser el maldito gobierno, sonrío. Nuestra sociedad es paranoica, cree que definitivamente existe el mal, y también está segura que el mal viene de fuera. De los illuminati o el estado. Del machismo o los mercados. De los homosexuales o las trasnacionales. El mal existe y estoy seguro que no soy yo.

Conforme pasan los días soy testigo de algo terrible, nuestra unidad es sumamente frágil. Poco a poco las grietas sociales se hacen visibles. Una grieta tiene connotaciones negativas, hace evidente la inutilidad de un objeto o la sequía en la tierra por falta de lluvia. Es también símbolo de enfermedad mental. A veces también por las grietas se puede viajar a otros mundos, o es a través de ellas por donde pasa la luz, como bien dice Leonard Cohen. Una grieta separa el mundo de los vivos del de los muertos.

Juan Villoro publica un poema cursi, algunos lo celebran y otros lo acusan de arribista (al día siguiente escucho una versión de dicho poema en la radio seguido por una canción de Zoe). Escritores resentidos señalan a intelectuales privilegiados por el estado. Un grupo de topos denuncia la corrupción de otros topos. ¿Es ético tomarse fotos ayudando? Feministas ansiosas por demostrar su superioridad moral. El ejército es asesino, pero no todos sus soldados. Una perra rescatista es glorificada como súper héroe. El centro de acopio de la UNAM es tomado por porros… Regresamos al estado de infantilización en el que nos culpamos unos a otros. Pero la sociedad mexicana es sumamente compleja, nunca terminamos de entendernos (en el fondo carecemos de identidad, nunca hemos sabido quienes somos y nos contamos historias que justifiquen ese vacío), quizá por eso preferimos adoptar una actitud maniquea que divide la realidad entre buenos y malos, y como es natural, todos asumen estar del lado de los buenos. Tal vez el infierno sí son los otros.

Un terremoto es un fin y un principio, un evento de tal magnitud dejará una herida psíquica (grieta) por el resto de nuestra vida. Su violencia es un reinicio de todas las cosas, poco importa si es un regaño de la naturaleza o un mal enviado por Dios. Es también una oportunidad para un ajuste de cuentas. A más de una semana del temblor nos preguntamos, ¿qué sigue? Naturalmente se formaran movimientos sociales, se buscará a los responsables que pudieron evitar tantas muertes, intentaremos castigar a los políticos…

Detesto la palabra solidaridad porque un presidente robó esa palabra para usarla como un plan de gobierno. Mi generación fracasó en la reconstrucción social después del terremoto de 1985. Consecuencia de aquel terremoto fue la fractura del PRI y el nacimiento de movimientos sociales, parecía una gran oportunidad, pero permitimos el fraude electoral de 1988 que pudo cambiar radicalmente las cosas si Cuauhtémoc Cárdenas hubiese llegado al poder. Aquel sismo creó al PRD, partido que traicionó sus ideales y que en toda su historia sólo ha tenido a dos candidatos a la presidencia. En 1990 se fundó el IFE, la maquinaria de fraude electoral más cara del planeta. Instituciones defectuosas de nacimiento que con el paso del tiempo se han usado en nuestra contra ¿Y si fuéramos más lejos? Por ejemplo, qué fue de aquellos universitarios soñadores de 1968, ¿acaso no buena parte de esa generación revolucionaria terminó convertida en… políticos?

Los mexicanos habitamos la pesadilla que hemos soñado por décadas, el terremoto quizá sea un despertar, un parpadeo estremecedor que puede devolvernos al sueño o nos permita enfrentar con lucidez la traumática realidad que es vivir en este país: 1985, 1988, crisis económicas, 1994, Aguas blancas, Atenco, las muertas de Juárez, los miles de muertos en la guerra contra el narco, Ayotzinapa, los feminicidios, los periodistas asesinados… Apenas ayer una nota informaba que el crimen organizado había entregado ayuda para los damnificados, hoy la nota es el asesinato de 16 personas en un centro de rehabilitación, perpetuado también, por el crimen organizado.

Este momento pertenece a los jóvenes (¿y qué momento no les ha pertenecido siempre?). Naturalmente la clase política y nuestros gobernantes son los enemigos de la sociedad, a nadie le interesa más que a ellos mantenernos confundidos y divididos. Pero también es momento de reflexionar de manera individual, dejar de lado nuestros intereses personales por el bien común, evitar que el resentimiento nos enferme. Recordemos esos primeros momentos en que olvidamos nuestras diferencias ideológicas para ser comunidad.

Finalmente decidí poner en orden mis libreros, tomé del suelo uno de mis favoritos, el Zaratustra de Nietzsche, abrí una página al azar y leí sorprendido:

Los terremotos alumbran nuevas fuentes; y quien exclama: ¡He aquí una fuente para muchos sedientos, un corazón para muchos anhelosos, una voluntad para muchos instrumentos, se ve al pronto rodeado de un pueblo, esto es, de gentes que ensayan.

Sonreí. La filosofía no soluciona nada, pero consuela. UNO es la respuesta, los errores serán inevitables en una sociedad que ensaya, pero que también aprende de ellos y es capaz de auto regularse. Será una dura tarea enfrentar con coraje a un sistema al que no le importamos, hacer que el sacrificio de todas las víctimas no sea en balde. Es momento de preguntarnos si somos buenos, si somos justos, y de creérlo así reflexionar y reconocer la trampa, pues quizá seamos nosotros parte del problema, tal vez nuestras buenas intenciones alimenten el mal que nos aqueja sin darnos cuenta. Divididos siempre seremos el otro. Quizá la solución sea la más sencilla de todas, y por lo mismo casi imposible de realizar: Hacer de nuestras palabras y acciones un acto de amor.

Pero eso sería una utopía, ¿cierto?

Mun Raider